Volumen 14 Número 3 *Autor(a) correspondiente prof.diego.ramos@soulasalle.com.br Envío 16 abr 2026 Aceptación 14 may 2026 Publicación 07 ago 2026 ¿Cómo citar? RAMOS, D. M. S. Patrimonio, memoria y poder en la ciudad contemporánea: disputas, colonialidad y transformaciones urbanas en Río de Janeiro. Coleção Estudos Cariocas, v. 14, n. 1, 2026. El artículo fue originalmente enviado en PORTUGUÉS. Las traducciones a otros idiomas fueron revisadas y validadas por los autores y el equipo editorial. Sin embargo, para una representación más precisa del tema tratado, se recomienda que los lectores consulten el artículo en su idioma original. | Patrimonio, memoria y poder en la ciudad contemporánea: disputas, colonialidad y transformaciones urbanas en Río de Janeiro Heritage, memory, and power in the contemporary city: disputes, coloniality, and urban transformations in Rio de Janeiro Patrimônio, memória e poder na cidade contemporânea: disputas, colonialidade e transformações urbanas no Rio de Janeiro Diego Marques dos Santos Ramos1 1 Centro Universitário UNILASALLE-RJ, Rua Gastão Gonçalves, 79 – Santa Rosa, Niterói (RJ), ORCID: 0009-0003-1229-3170, prof.diego.ramos@soulasalle.com.br ResumenEl presente artículo analiza el patrimonio cultural como un proceso político, social y espacial articulado a las disputas por la memoria y la producción de la ciudad contemporánea, con énfasis en Río de Janeiro. A partir de una revisión bibliográfica interdisciplinaria y del análisis crítico de casos urbanos emblemáticos, el estudio discute cómo los procesos de patrimonialización reproducen estructuras selectivas vinculadas a la colonialidad del poder y a la legitimación de narrativas hegemónicas. Fundamentado en estudios patrimoniales, teoría urbana y pensamiento decolonial, el artículo problematiza las tensiones entre preservación, transformación urbana y justicia espacial, evidenciando mecanismos de invisibilización de territorios negros, periféricos y populares, y defendiendo enfoques patrimoniales críticos, inclusivos e integrados socialmente. Palabras clave: patrimonio cultural; transformaciones urbanas; poder simbólico AbstractThis article analyzes cultural heritage as a political, social, and spatial process linked to disputes over memory and the production of the contemporary city, focusing on Rio de Janeiro. Based on an interdisciplinary literature review and critical analysis of emblematic urban cases, the study discusses how patrimonialization processes reproduce selective structures associated with the coloniality of power and the legitimization of hegemonic narratives. Grounded in heritage studies, urban theory, and decolonial thought, the article problematizes the tensions between preservation, urban transformation, and spatial justice, highlighting mechanisms of invisibilization affecting Black, peripheral, and popular territories, while advocating for critical, inclusive, and socially integrated heritage approaches. Keywords: cultural heritage; urban transformations; symbolic power ResumoO presente artigo analisa o patrimônio cultural como processo político, social e espacial articulado às disputas de memória e produção da cidade contemporânea, com foco no Rio de Janeiro. A partir de revisão bibliográfica interdisciplinar e análise crítica de casos urbanos emblemáticos, discute-se como os processos de patrimonialização reproduzem estruturas seletivas vinculadas à colonialidade do poder e à legitimação de narrativas hegemônicas. Fundamentado em autores do patrimônio, urbanismo e pensamento decolonial, o estudo problematiza as tensões entre preservação, transformação urbana e justiça espacial, evidenciando mecanismos de invisibilização de territórios negros, periféricos e populares e defendendo abordagens patrimoniais inclusivas e críticas. Palavras-chave: patrimônio cultural; transformações urbanas; poder simbólico |
El patrimonio cultural, en el contexto contemporáneo, ya no puede ser comprendido únicamente como un conjunto neutro de bienes heredados destinados a la preservación acrítica del pasado. Al contrario, se trata de un campo profundamente atravesado por disputas políticas, relaciones de poder, conflictos simbólicos y mecanismos de legitimación social que determinan aquello que debe ser recordado, monumentalizado y preservado, así como aquello que puede ser silenciado, marginado o borrado de la memoria colectiva. En ese sentido, el patrimonio deja de configurarse exclusivamente como herencia material y pasa a ser entendido como construcción histórica, social y epistemológica continuamente reinterpretada por las sociedades.
Como argumenta Choay (2011), el patrimonio no constituye un dato natural o espontáneo, sino una invención histórica vinculada a las formas mediante las cuales las sociedades modernas pasaron a relacionarse con el tiempo, con la memoria y con la idea de permanencia. La institucionalización patrimonial emerge, por tanto, asociada a la necesidad de selección de determinados vestigios históricos considerados representativos de una narrativa colectiva. Tal perspectiva desplaza el patrimonio de una comprensión meramente conservacionista hacia un enfoque crítico, capaz de reconocer los intereses políticos y culturales que atraviesan los procesos de patrimonialización.
La relación entre patrimonio y memoria se revela central en este debate. Para Nora (1993), los llamados “lugares de memoria” emergen justamente cuando la memoria viva se fragiliza, tornando necesaria su materialización en monumentos, edificios, archivos y hitos urbanos. Sin embargo, esa materialización no ocurre de forma neutra. Toda memoria institucionalizada presupone operaciones selectivas que organizan cuáles experiencias históricas serán reconocidas como legítimas y cuáles permanecerán invisibles. El patrimonio, en este contexto, actúa simultáneamente como soporte de memoria y mecanismo de producción simbólica del pasado.
Esta dimensión selectiva del patrimonio se vuelve aún más evidente cuando se articula con las contribuciones del pensamiento decolonial latinoamericano. A partir de Quijano (2005), se comprende que la colonialidad del poder no se restringe al período colonial formal, sino que permanece estructurando las formas contemporáneas de organización social, cultural, económica y epistemológica. Las jerarquías raciales y culturales instituidas durante la colonización continúan operando en la producción de los saberes, de las espacialidades urbanas y de las narrativas históricas consideradas legítimas.
En ese sentido, la colonialidad no actúa solo sobre los cuerpos y territorios, sino también sobre los regímenes de memoria. El patrimonio cultural pasa, entonces, a integrar dispositivos de legitimación de determinadas versiones de la historia urbana, frecuentemente vinculadas a las élites políticas, económicas y culturales, mientras que otras experiencias permanecen marginadas. El proceso patrimonial, por tanto, no solo preserva memorias: también produce olvidos.
En el contexto latinoamericano — y de manera particularmente expresiva en la ciudad de Río de Janeiro — los procesos de patrimonialización históricamente privilegiaron referencias coloniales, imperiales y republicanas asociadas a las estructuras de poder estatal y a las élites urbanas. En contrapartida, territorios negros, indígenas, periféricos y populares fueron frecuentemente invisibilizados por las políticas oficiales de preservación. Esta selectividad patrimonial evidencia que el espacio urbano no constituye solo soporte físico de las relaciones sociales, sino también territorio de disputa simbólica.
La ciudad de Río de Janeiro se presenta como un caso emblemático de estas tensiones. Marcada por profundas desigualdades socioespaciales, por una historia directamente vinculada a la esclavitud atlántica y por intensos procesos de transformación urbana, la ciudad expresa de manera contundente las disputas entre memoria, patrimonio y poder. Mientras que determinados espacios urbanos fueron monumentalizados como símbolos de la historia oficial de la ciudad, otros permanecieron históricamente marginados, a pesar de su relevancia fundamental para la formación cultural carioca.
Territorios como la Plaza 15 de Noviembre, vinculados a las estructuras coloniales y administrativas del poder estatal, se consolidaron como referencias centrales de la memoria institucional de la ciudad. Por otro lado, espacios como la Pequeña África y el Cais do Valongo — profundamente relacionados con la presencia negra, la diáspora africana y las experiencias de resistencia cultural — tuvieron reconocimiento patrimonial tardío, revelando los límites históricos de las políticas de preservación brasileñas.
Esta dinámica evidencia que el patrimonio no puede disociarse de las formas de producción del espacio urbano. Conforme Lefebvre (2006), el espacio es continuamente producido por las relaciones sociales, económicas y políticas, constituyéndose simultáneamente como producto y productor de las dinámicas urbanas. El patrimonio, inserto en este proceso, participa activamente en la construcción de las identidades urbanas, de las jerarquías espaciales y de las formas de pertenencia social.
Harvey (2005) profundiza esta reflexión al demostrar que el control sobre el espacio urbano constituye una de las formas más importantes de ejercicio del poder social. Los procesos de patrimonialización, en este contexto, pueden operar tanto como instrumentos de valorización cultural como mecanismos de exclusión territorial y simbólica. La preservación patrimonial deja, por tanto, de configurarse únicamente como práctica técnica de conservación y pasa a integrar disputas más amplias por el derecho a la ciudad.
A partir de estas perspectivas, el presente artículo busca analizar el patrimonio cultural edificado como proceso relacional, político y espacial articulado a las dinámicas urbanas contemporáneas, tomando como objeto central la ciudad de Río de Janeiro. El estudio investiga cómo los procesos de patrimonialización contribuyeron históricamente a consolidar determinadas narrativas urbanas, al mismo tiempo que marginaron otras experiencias sociales y culturales.
Metodológicamente, el trabajo se estructura a partir de una revisión bibliográfica interdisciplinaria, articulando autores del campo del patrimonio, urbanismo, memoria y pensamiento decolonial, asociada al análisis crítico de casos urbanos emblemáticos de la ciudad de Río de Janeiro, especialmente los procesos relacionados con la Plaza 15 de Noviembre, la Pequeña África y el Cais do Valongo.
Se defiende, por último, que el patrimonio debe ser comprendido no solo como herencia material, sino como campo de disputa epistemológica, política y urbana. Preservar implica seleccionar, interpretar y atribuir sentidos al pasado, siendo necesario reconocer que tales elecciones poseen impactos directos sobre las formas de pertenencia, reconocimiento y producción de la ciudad contemporánea.
El concepto moderno de patrimonio se consolida en el contexto europeo a partir del siglo XIX, especialmente en medio de las transformaciones políticas, sociales y culturales desencadenadas por la Revolución Francesa y la formación de los Estados nacionales modernos. En este escenario, la preservación de monumentos y edificios históricos pasa a adquirir centralidad como instrumento de construcción de identidades colectivas y legitimación de narrativas nacionales. Como destaca Choay (2011), el patrimonio surge asociado a la necesidad de mediación entre pasado y presente, funcionando como mecanismo de estabilización simbólica ante las rupturas producidas por la modernidad.
Sin embargo, comprender el patrimonio solo como expresión de continuidad histórica se revela insuficiente ante las complejidades contemporáneas. El patrimonio constituye, sobre todo, una construcción social continuamente producida por relaciones de poder, intereses institucionales y disputas simbólicas. La selección de aquello que debe ser preservado no ocurre de forma espontánea o universal, sino a partir de criterios históricos y culturales profundamente atravesados por jerarquías políticas y epistemológicas.
En ese sentido, la perspectiva decolonial ofrece una importante contribución crítica para la comprensión de los procesos patrimoniales latinoamericanos. Como argumenta Quijano (2005), la colonialidad del poder se estructura como patrón duradero de dominación que articula raza, trabajo, conocimiento y cultura, permaneciendo operante incluso después del fin del colonialismo formal. Las formas contemporáneas de producción de la memoria urbana y del patrimonio cultural permanecen profundamente vinculadas a esa matriz colonial de poder.
La colonialidad opera también sobre los regímenes de memoria. Determinadas espacialidades urbanas se vuelven dignas de monumentalización y reconocimiento institucional, mientras que otras experiencias históricas permanecen marginadas o invisibilizadas. El patrimonio, por tanto, no solo preserva el pasado, sino que organiza jerarquías de memoria.
En el caso brasileño, los procesos de patrimonialización fueron históricamente conducidos a partir de referenciales estéticos y culturales asociados a las elites coloniales y republicanas. La institucionalización del patrimonio en el siglo XX privilegió monumentos vinculados a las estructuras de poder político, religioso y económico, reforzando una narrativa oficial centrada en la herencia europea y la monumentalidad arquitectónica.
En la ciudad de Río de Janeiro, esta lógica se manifiesta de manera particularmente expresiva. El centro histórico se consolidó como espacio privilegiado de las políticas de preservación, concentrando edificios administrativos, iglesias, palacios e hitos urbanos asociados a la historia colonial e imperial brasileña. En contrapartida, territorios negros y populares fundamentales para la constitución cultural de la ciudad permanecieron durante décadas al margen del reconocimiento institucional.
La región de la Pequeña África ejemplifica este proceso. Históricamente vinculada a la presencia negra, a las manifestaciones culturales afrobrasileñas, a la religiosidad de matriz africana y a la consolidación del samba urbano carioca, el área permaneció durante largo período invisibilizada por las políticas patrimoniales tradicionales. Su relevancia para la formación social y cultural de la ciudad contrasta directamente con el reconocimiento tardío de su importancia histórica.
El caso del Cais do Valongo vuelve esta dinámica aún más evidente. Principal puerto de entrada de africanos esclavizados en las Américas, el espacio permaneció sepultado — física y simbólicamente — durante décadas. Su reconocimiento como Patrimonio Mundial por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) revela simultáneamente su importancia histórica y la dificultad de las políticas patrimoniales para lidiar con memorias traumáticas vinculadas a la esclavitud.
Esta selectividad patrimonial evidencia que la ciudad no constituye solo territorio material, sino también construcción narrativa. Conforme Mbembe (2018), los regímenes de poder contemporáneos operan igualmente mediante la administración de las visibilidades e invisibilidades sociales. Ciertos cuerpos, territorios y experiencias históricas son constantemente desplazados hacia zonas de marginalidad simbólica.
De esta forma, el análisis del patrimonio exige comprender no solo aquello que fue preservado, sino también aquello que fue borrado, descuidado o silenciado. El patrimonio urbano carioca se revela, así, como campo de disputa en el que memoria, colonialidad y producción espacial se articulan continuamente en la construcción de las narrativas urbanas contemporáneas.
2.1 Patrimonio y racismo estructural urbano
La comprensión del patrimonio cultural en Río de Janeiro se vuelve aún más compleja cuando se articula con las dinámicas del racismo estructural que históricamente conforman la producción del espacio urbano brasileño. El patrimonio no actúa solo como instrumento de preservación cultural, sino también como mecanismo de legitimación simbólica de determinadas narrativas históricas y espacialidades urbanas. En ese sentido, los procesos patrimoniales se encuentran profundamente vinculados a las estructuras raciales que organizaron la formación social brasileña.
Como argumenta Almeida (2019), el racismo estructural no puede ser comprendido solo como un conjunto de prácticas discriminatorias individuales, sino como lógica organizadora de las instituciones, de las relaciones sociales y de las formas de producción de la vida urbana. Las desigualdades raciales no aparecen como distorsiones ocasionales de la sociedad brasileña, sino como elementos constitutivos de su propia formación histórica.
En el campo patrimonial, esta estructura se manifiesta mediante la selección desigual de las memorias consideradas legítimas. Determinadas arquitecturas, monumentos y paisajes urbanos fueron históricamente reconocidos como representativos de la identidad nacional, mientras que otros territorios y experiencias culturales permanecieron invisibilizados. El patrimonio, por tanto, participa activamente en la construcción de las jerarquías urbanas y simbólicas de la ciudad.
La perspectiva de Bourdieu (1989) permite profundizar esta discusión al comprender el poder simbólico como capacidad de legitimación social de determinadas representaciones del mundo. En el campo patrimonial, el poder simbólico se manifiesta en la naturalización de determinadas memorias urbanas como universales, ocultando los mecanismos históricos de exclusión que estructuraron su consolidación institucional.
En la ciudad de Río de Janeiro, esta dinámica se vuelve particularmente evidente cuando observamos los procesos de modernización urbana ocurridos entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Las reformas implementadas por Pereira Passos buscaron alinear la capital brasileña con los modelos europeos de urbanidad, promoviendo intervenciones urbanas profundamente vinculadas a las ideas higienistas y civilizatorias de la época.
La apertura de la Avenida Central — actual Avenida Rio Branco — implicó la demolición de extensas áreas populares del centro urbano, provocando el desplazamiento de miles de habitantes pobres y negros. El proceso de “embellecimiento” de la ciudad estuvo directamente asociado al intento de borramiento de las espacialidades urbanas vinculadas a la población negra y a las capas populares.
En este contexto, el patrimonio urbano se consolidó simultáneamente como instrumento de monumentalización de las elites y de invisibilización de otras experiencias sociales. Las políticas urbanas y patrimoniales pasaron a actuar conjuntamente en la producción de una ciudad formalmente moderna, pero profundamente marcada por la exclusión racial y territorial.
La región de la Pequeña África evidencia de manera contundente esta contradicción. A pesar de su importancia fundamental para la constitución de la cultura afrobrasileña urbana — especialmente en el desarrollo del samba, de las religiones de matriz africana y de las formas de sociabilidad negra carioca — el territorio permaneció históricamente marginado por las políticas oficiales de preservación.
Como argumenta Gonzalez (2020), la producción cultural negra en Brasil fue continuamente sometida a mecanismos de subalternización e invisibilización. La ciudad moderna brasileña se estructuró a partir de una lógica racializada que desplazó determinados cuerpos y territorialidades hacia zonas de marginalidad urbana y simbólica.
Esta dinámica puede observarse también en el reconocimiento tardío del Cais do Valongo. Principal puerto de entrada de africanos esclavizados en las Américas, el espacio permaneció sepultado durante décadas bajo las sucesivas reformas urbanas de la ciudad. Su redescubrimiento arqueológico y posterior reconocimiento internacional revelan no solo su importancia histórica, sino también la dificultad institucional para lidiar con las memorias traumáticas de la esclavitud.
Mbembe (2018) contribuye a esta reflexión al demostrar que las formas contemporáneas de poder operan igualmente mediante la administración de las vidas consideradas desechables o invisibles. La necropolítica se manifiesta también en la producción de las memorias urbanas, determinando qué historias serán monumentalizadas y cuáles permanecerán sometidas al olvido estructural.
Fanon (1968), por su parte, permite comprender cómo los procesos coloniales producen impactos no solo materiales, sino también subjetivos. La invisibilización histórica de determinados grupos sociales interfiere directamente en la construcción de las formas de pertenencia y reconocimiento urbano. La ausencia de referencias patrimoniales vinculadas a las poblaciones negras compromete la propia posibilidad de reconocimiento de esos sujetos en la ciudad.
El patrimonio urbano carioca se revela, así, profundamente atravesado por las desigualdades raciales que estructuraron históricamente la sociedad brasileña. La distribución desigual del reconocimiento patrimonial evidencia que la preservación cultural no constituye solo cuestión técnica o administrativa, sino disputa política directamente relacionada con la producción de la memoria colectiva y las formas de representación de la ciudad.
De esta forma, la construcción de políticas patrimoniales más inclusivas exige no solo ampliación del repertorio de bienes reconocidos, sino revisión crítica de los propios criterios que históricamente orientaron los procesos de preservación. Incorporar perspectivas decoloniales implica reconocer que el patrimonio no representa una memoria universal, sino un campo continuamente atravesado por conflictos epistemológicos, raciales y espaciales.
En las últimas décadas, el campo patrimonial ha pasado por un significativo proceso de ampliación conceptual. El patrimonio dejó de ser comprendido exclusivamente como un conjunto de bienes materiales excepcionales destinados a la contemplación histórica y pasó a ser interpretado como proceso social dinámico, articulado a las dimensiones simbólicas, afectivas, políticas y culturales de la vida urbana contemporánea.
Esta transformación conceptual desplaza el patrimonio de una lógica basada exclusivamente en la monumentalidad arquitectónica hacia una comprensión más amplia, capaz de reconocer prácticas culturales, experiencias urbanas, territorialidades y formas de pertenencia social. El patrimonio deja, así, de constituir solo herencia material y pasa a configurarse como mecanismo de producción de memoria colectiva.
Como argumenta Nora (1993), los “lugares de memoria” emergen justamente en contextos en los que la memoria viva se encuentra amenazada. El patrimonio actúa, en ese sentido, como intento de estabilización simbólica del pasado ante las transformaciones aceleradas de la modernidad. Monumentos, edificios, plazas y territorios urbanos se convierten en soportes materiales de la memoria social.
Sin embargo, la memoria no constituye un fenómeno espontáneo u homogéneo. Conforme Halbwachs (2003), toda memoria es socialmente construida a partir de marcos colectivos que organizan aquello que debe ser recordado. La memoria colectiva depende de las estructuras sociales que la sustentan y de los mecanismos institucionales que legitiman determinadas narrativas en detrimento de otras.
El patrimonio participa activamente en ese proceso. Al seleccionar determinados edificios, paisajes y espacialidades urbanas como representativos de la historia colectiva, las políticas patrimoniales contribuyen a organizar los regímenes de memoria de la ciudad. Preservar significa también atribuir legitimidad histórica.
Pollak (1989) profundiza esta discusión al abordar la existencia de las llamadas “memorias subterráneas”, es decir, experiencias históricas silenciadas por los discursos oficiales. Ciertas memorias permanecen marginadas no por ausencia de relevancia histórica, sino en razón de las estructuras de poder que regulan los mecanismos de reconocimiento institucional.
En la ciudad de Río de Janeiro, esta dinámica se manifiesta de manera particularmente intensa. La memoria urbana carioca no se organiza como narrativa homogénea, sino como campo fragmentado de disputas simbólicas. El patrimonio oficial históricamente privilegió referencias coloniales y republicanas vinculadas a las estructuras estatales de poder, mientras que otras territorialidades permanecen invisibilizadas.
La Plaza 15 de Noviembre constituye un ejemplo emblemático de este proceso. Espacio históricamente asociado a las estructuras administrativas coloniales e imperiales, la región se consolidó como importante símbolo de la memoria institucional brasileña. Sus edificios históricos, iglesias y monumentos pasaron a representar oficialmente determinadas narrativas sobre la historia nacional.
Por otro lado, territorios como la Pequeña África evidencian la persistencia de memorias urbanas históricamente marginadas. A pesar de su centralidad para la formación cultural carioca, la región permaneció durante décadas sometida a procesos de invisibilización patrimonial. La memoria negra urbana fue frecuentemente desplazada hacia zonas secundarias de las narrativas oficiales de la ciudad.
Esta disputa por la memoria urbana revela que el patrimonio no constituye solo un mecanismo de preservación del pasado, sino un instrumento activo de producción de la ciudad contemporánea. El reconocimiento patrimonial interfiere directamente en las formas de pertenencia, valoración territorial y construcción de las identidades urbanas.
Conforme Ricoeur (2007), toda memoria implica simultáneamente procesos de recuerdo y olvido. Preservar determinadas narrativas significa también relegar otras experiencias al silencio histórico. El patrimonio, por tanto, no solo materializa memorias: organiza jerarquías de visibilidad urbana.
Además de la dimensión colectiva, la memoria se manifiesta también en la experiencia cotidiana de los sujetos con el espacio urbano. El patrimonio es vivenciado corporalmente por medio de las prácticas sociales, los desplazamientos urbanos, las experiencias afectivas y las formas de apropiación territorial.
Lefebvre (2006) contribuye a esta comprensión al demostrar que el espacio urbano constituye un producto social continuamente producido por las relaciones humanas. El patrimonio integra este proceso como elemento activo de la experiencia urbana. La preservación patrimonial no actúa solo sobre edificios aislados, sino sobre los propios modos de producción de la vida urbana.
En ese sentido, la ausencia de reconocimiento de determinados patrimonios impacta directamente las formas de pertenencia social. Fanon (1968) demuestra que los procesos coloniales producen efectos profundos sobre la subjetividad de los sujetos subalternizados. La invisibilización patrimonial de experiencias negras y periféricas interfiere igualmente en la construcción de las identidades urbanas y en las posibilidades de reconocimiento de los sujetos en la ciudad.
El patrimonio se revela, por tanto, como campo de disputa entre memoria, identidad y poder. Su preservación no puede limitarse a la conservación material de edificios históricos, sino que debe involucrar el reconocimiento de la pluralidad de experiencias urbanas que constituyen la ciudad contemporánea.
Más que conservar objetos del pasado, preservar implica disputar narrativas sobre el presente y sobre los futuros posibles de la ciudad. El patrimonio cultural se configura, así, como instrumento activo de mediación entre temporalidades, territorialidades y formas de existencia urbana.
La preservación patrimonial suele ser presentada institucionalmente como práctica universal de protección de la memoria colectiva y transmisión de valores culturales entre generaciones. Sin embargo, un análisis crítico de los procesos históricos de institucionalización del patrimonio revela que preservar nunca constituyó una acción neutra o desinteresada. Al contrario, la preservación cultural siempre estuvo vinculada a las estructuras de poder responsables de definir qué objetos, arquitecturas, espacialidades y experiencias históricas serían reconocidos como dignos de permanencia.
En ese sentido, preservar no significa solo conservar materialidades urbanas, sino producir legitimidad histórica. El patrimonio no preexiste a las políticas de preservación; es continuamente producido por ellas. El acto de declarar bien de interés cultural, catalogar, restaurar o monumentalizar determinados bienes implica simultáneamente establecer criterios de valor cultural y organizar jerarquías de memoria.
En Brasil, la institucionalización de las políticas patrimoniales se consolidó a partir de 1937 con la creación del Servicio del Patrimonio Histórico y Artístico Nacional (SPHAN), posteriormente transformado en Instituto del Patrimonio Histórico y Artístico Nacional (IPHAN). Inspirado en modelos europeos de preservación monumental, el organismo estructuró las primeras políticas nacionales de protección patrimonial a partir de criterios asociados a la excepcionalidad artística, la monumentalidad arquitectónica y la construcción de una identidad nacional unificada.
Sin embargo, los criterios que orientaron la consolidación inicial del patrimonio brasileño se encontraban profundamente vinculados a las referencias culturales de las elites intelectuales y políticas del período. La valorización del barroco colonial, de las iglesias monumentales, de los edificios administrativos y de las arquitecturas asociadas a la herencia luso-brasileña contribuyó a consolidar determinada narrativa sobre la formación histórica nacional.
Como argumenta Choay (2011), los procesos patrimoniales modernos operan frecuentemente mediante la construcción de una idea de continuidad histórica capaz de estabilizar identidades colectivas. No obstante, esa estabilización depende de operaciones selectivas que organizan qué memorias serán reconocidas institucionalmente. El patrimonio se transforma, así, en instrumento de legitimación simbólica.
En la ciudad de Río de Janeiro, esta dinámica se manifiesta de forma particularmente intensa. El centro histórico se consolidó como principal territorio de las políticas de preservación, concentrando edificios vinculados a las estructuras coloniales, imperiales y republicanas del poder estatal. Iglesias, palacios, plazas monumentales y conjuntos arquitectónicos administrativos pasaron a representar oficialmente la memoria urbana de la capital brasileña.
La Plaza 15 de Noviembre evidencia esta lógica. Espacio históricamente relacionado con las estructuras de poder colonial e imperial, la región se convirtió en símbolo de la memoria institucional brasileña. Su monumentalización patrimonial reforzó determinada narrativa histórica centrada en la construcción del Estado nacional, en la herencia colonial portuguesa y en las estructuras administrativas del poder.
Sin embargo, mientras que determinadas espacialidades urbanas eran reconocidas como representativas de la identidad nacional, otras experiencias históricas permanecían sistemáticamente invisibilizadas. Territorios negros, periféricos y populares raramente integraban las políticas patrimoniales tradicionales.
Esta selectividad no puede ser comprendida solo como limitación técnica o administrativa. Conforme Quijano (2005), la colonialidad del poder organiza también las formas de producción del conocimiento y de la legitimidad cultural. Los criterios de preservación patrimonial permanecieron históricamente vinculados a referenciales eurocéntricos de valor estético, monumentalidad y autenticidad histórica.
En este contexto, la preservación patrimonial brasileña se consolidó como mecanismo de reproducción simbólica de las jerarquías sociales y raciales de la propia sociedad. El patrimonio reconocido institucionalmente pasó a representar sobre todo la memoria de las elites urbanas y de las estructuras estatales de poder.
El reconocimiento tardío de territorios como la Pequeña África y el Cais do Valongo evidencia los límites de estas políticas patrimoniales tradicionales. A pesar de su importancia fundamental para la formación social y cultural de la ciudad, estos espacios permanecieron durante décadas al margen de los procesos oficiales de preservación.
Además, los propios instrumentos de preservación revelan contradicciones importantes. La declaración de bien de interés cultural, principal mecanismo jurídico de protección patrimonial en Brasil, frecuentemente opera a partir de una lógica de cristalización del patrimonio. Determinados bienes pasan a ser tratados como objetos estáticos, desconectados de las transformaciones sociales y de las dinámicas urbanas contemporáneas.
Esta perspectiva tiende a reducir el patrimonio a la dimensión material de la conservación arquitectónica, dificultando el reconocimiento de experiencias culturales más dinámicas, populares y territorializadas. El patrimonio inmaterial, las prácticas cotidianas, las formas de sociabilidad urbana y las territorialidades negras frecuentemente escapan a los criterios tradicionales de preservación.
En el plano internacional, organismos como la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) desempeñan un papel central en la definición de los criterios globales de patrimonialización. Aunque las convenciones internacionales han contribuido a ampliar el reconocimiento de la diversidad cultural, sus criterios continúan frecuentemente asociados a las ideas de excepcionalidad, autenticidad y monumentalidad.
Como señalan diversos autores del campo decolonial, la universalización de estos criterios tiende a reproducir modelos europeos de preservación cultural. Determinadas arquitecturas y espacialidades urbanas se vuelven más fácilmente reconocidas como patrimonio mundial, mientras que otras experiencias culturales permanecen sometidas a procesos de marginación institucional.
En el caso brasileño, la incorporación de estas directrices internacionales reforzó muchas veces la centralidad de una lógica patrimonial basada en la monumentalización del pasado. Sin embargo, las ciudades contemporáneas exigen enfoques más complejos y dinámicos de preservación.
La ciudad de Río de Janeiro evidencia intensamente esta tensión. Procesos recientes de valorización inmobiliaria, gentrificación y reestructuración urbana han pasado a producir nuevas disputas patrimoniales. Áreas históricamente populares se convirtieron en objeto de interés económico y turístico, provocando simultáneamente reconocimiento cultural y desplazamientos sociales.
En este contexto, preservar no puede significar solo conservar formas arquitectónicas. Se vuelve necesario comprender el patrimonio como práctica social viva, articulada a las experiencias cotidianas de los sujetos y a las dinámicas urbanas contemporáneas. La preservación necesita involucrar no solo edificios, sino también territorialidades, memorias colectivas, formas de pertenencia y prácticas culturales.
De esta forma, el proceso patrimonial se revela como campo de disputa continua entre memoria, poder y producción espacial. El verdadero desafío contemporáneo no reside solo en ampliar el repertorio de bienes protegidos, sino en transformar críticamente los propios fundamentos epistemológicos que históricamente estructuraron las políticas de preservación.
5 La evolución urbana en tensión con el patrimonio: entre preservación, transformación y resignificación de los signos urbanos
La ciudad contemporánea constituye un espacio marcado por transformaciones permanentes. El tejido urbano no se organiza como realidad estática, sino como proceso continuo de reorganización espacial, económica, política y simbólica. Conforme Lefebvre (2006), el espacio urbano debe ser comprendido como producto social continuamente producido por las relaciones humanas, siendo atravesado por conflictos, disputas e intereses contradictorios.
En este contexto, el patrimonio cultural se inserta en una tensión permanente entre permanencia y transformación. La preservación patrimonial no puede ser analizada aisladamente de las dinámicas urbanas contemporáneas, ya que los propios procesos de urbanización redefinen continuamente los sentidos atribuidos a las espacialidades históricas.
La modernidad urbana se consolidó históricamente a partir de una lógica de aceleración del tiempo y reorganización constante de la ciudad. Desde el siglo XIX, la industrialización, el crecimiento demográfico y la expansión capitalista pasaron a producir intensas transformaciones espaciales, frecuentemente asociadas a la sustitución de lo antiguo por lo nuevo.
Harvey (2005) demuestra que la urbanización capitalista se encuentra profundamente vinculada a las dinámicas de valorización económica del espacio. La ciudad se transforma en territorio estratégico de circulación del capital, sometiendo barrios, arquitecturas y territorialidades a las lógicas de la acumulación urbana. En este escenario, el patrimonio frecuentemente pasa a ocupar una posición ambigua: ora valorizado como activo cultural y turístico, ora percibido como obstáculo a las dinámicas inmobiliarias contemporáneas.
En la ciudad de Río de Janeiro, esta tensión se manifiesta históricamente en diferentes momentos de reorganización urbana. Las reformas de Pereira Passos, a principios del siglo XX, constituyen un ejemplo emblemático de este proceso. Inspiradas en los modelos haussmanianos europeos, las intervenciones buscaron construir una imagen moderna y civilizada para la capital brasileña.
La apertura de la Avenida Central implicó la destrucción de extensas áreas populares del centro de la ciudad, promoviendo simultáneamente monumentalización urbana y expulsión social. El proceso de modernización se articuló directamente al intento de higienización racial y reorganización económica del espacio urbano.
Sin embargo, las tensiones entre preservación y transformación no se restringen a los procesos históricos de modernización. En las últimas décadas, Río de Janeiro ha pasado por nuevos ciclos de reestructuración urbana asociados a la valorización inmobiliaria, al turismo global y a la preparación para megaeventos internacionales.
Proyectos recientes de revitalización urbana, especialmente en la región portuaria, evidencian la complejidad de estas disputas. El reconocimiento patrimonial del Cais do Valongo ocurrió simultáneamente a los procesos de revalorización económica del área portuaria carioca. El patrimonio pasa, entonces, a integrar no solo políticas de memoria, sino también estrategias contemporáneas de producción de valor urbano.
Esta dinámica revela una importante contradicción contemporánea: el patrimonio puede funcionar simultáneamente como instrumento de reconocimiento histórico y como mecanismo de valorización económica del espacio urbano. La patrimonialización frecuentemente transforma determinados territorios en activos culturales y turísticos, produciendo impactos directos sobre las poblaciones locales.
En este contexto, emerge el riesgo de la gentrificación patrimonial. Procesos de revitalización urbana asociados al reconocimiento cultural pueden contribuir al desplazamiento de las poblaciones históricamente vinculadas a los territorios preservados. El patrimonio se convierte, así, en elemento central de las disputas contemporáneas por el derecho a la ciudad.
Como argumenta Smith (2006), el patrimonio no constituye solo herencia cultural, sino también práctica social y económica. Los procesos patrimoniales contemporáneos se articulan directamente a las políticas urbanas, a las dinámicas turísticas y a las formas de producción del espacio capitalista.
Sin embargo, comprender el patrimonio solo como objeto de conservación material se revela insuficiente ante las dinámicas urbanas contemporáneas. El patrimonio necesita continuamente producir sentidos para permanecer socialmente relevante. La preservación no puede significar cristalización absoluta del espacio urbano.
La ciudad contemporánea exige procesos constantes de resignificación patrimonial. Edificios históricos, plazas, territorios y conjuntos urbanos necesitan ser continuamente reinterpretados por las prácticas sociales contemporáneas. El patrimonio permanece vivo justamente porque sus sentidos no son fijos.
Esta perspectiva permite superar la falsa oposición entre preservar y transformar. La permanencia del patrimonio depende también de su capacidad de adaptación a las nuevas formas de experiencia urbana. Preservar no implica congelar la ciudad en el tiempo, sino posibilitar que diferentes temporalidades coexistan críticamente en el espacio urbano.
Como argumenta Ricoeur (2007), la relación con el pasado nunca ocurre de forma estática. Toda memoria es continuamente reinterpretada a partir de las necesidades y disputas del presente. El patrimonio integra este proceso como mediación temporal entre permanencia y transformación.
En el caso de Río de Janeiro, esta necesidad de resignificación se vuelve particularmente evidente. Determinados territorios urbanos históricamente invisibilizados han pasado recientemente a reivindicar reconocimiento patrimonial y visibilidad simbólica. La Pequeña África, por ejemplo, dejó de representar solo un territorio marginado de la ciudad para consolidarse progresivamente como importante referencia de la memoria afrobrasileña urbana.
Este movimiento revela que el patrimonio no constituye una categoría fija, sino un campo dinámico de disputas narrativas. Nuevos sujetos urbanos pasan continuamente a reivindicar reconocimiento, memoria y pertenencia espacial. Al mismo tiempo, la ciudad contemporánea enfrenta intensos procesos de borramiento material de la memoria urbana. Demoliciones, especulación inmobiliaria, abandono institucional y negligencia pública contribuyen a la destrucción de importantes referencias patrimoniales.
El incendio del Museo Nacional, en 2018, constituye un episodio emblemático de esta fragilidad estructural de las políticas patrimoniales brasileñas. Más que pérdida arquitectónica o museológica, el incendio representó una ruptura profunda en los mecanismos de preservación de la memoria científica, histórica y cultural brasileña.
La tragedia evidencia que el patrimonio no se encuentra amenazado solo por las transformaciones urbanas, sino también por la ausencia de políticas estructurales consistentes de preservación. La negligencia institucional revela igualmente jerarquías de valor atribuidas a las diferentes formas de memoria. En este escenario, se vuelve fundamental comprender el patrimonio como parte integrante de las propias dinámicas urbanas contemporáneas. La preservación necesita articular conservación, transformación y participación social.
La ciudad contemporánea exige políticas patrimoniales capaces de reconocer la pluralidad de experiencias urbanas, incorporando territorialidades periféricas, prácticas culturales populares y formas de memoria históricamente marginadas. El patrimonio deja, así, de representar solo monumentalidad arquitectónica y pasa a constituir un instrumento de mediación social, política y espacial.
Más que proteger objetos aislados, preservar implica construir relaciones más democráticas entre memoria, ciudad y sociedad. El patrimonio se revela, por tanto, como campo estratégico para pensar críticamente las formas contemporáneas de producción del espacio urbano.
6 Morfología urbana, patrimonio y disputas de visibilidad en la ciudad contemporánea
El análisis del patrimonio urbano en Río de Janeiro exige también una lectura morfológica de la ciudad. El patrimonio no se manifiesta solo como objeto aislado de preservación, sino como elemento integrante de la estructura urbana, interfiriendo directamente en la organización espacial, en las jerarquías territoriales y en las formas de experiencia cotidiana del espacio.
La morfología urbana permite comprender cómo determinados tejidos urbanos consolidan centralidades simbólicas mientras que otros territorios permanecen sometidos a procesos de marginación espacial. Conforme las contribuciones de la escuela italiana de morfología urbana — especialmente Muratori y Caniggia — la ciudad debe ser entendida como organismo histórico en continua transformación, en el que permanencias y rupturas coexisten simultáneamente.
En ese sentido, el patrimonio no constituye solo vestigio del pasado, sino parte activa de la evolución urbana. Determinadas arquitecturas, plazas y estructuras territoriales permanecen organizando flujos, sociabilidades y referencias simbólicas incluso ante las transformaciones contemporáneas.
En Río de Janeiro, la monumentalidad del centro histórico contribuyó históricamente a consolidar jerarquías espaciales asociadas a las estructuras administrativas y económicas del poder estatal. La concentración de edificios institucionales, iglesias e hitos urbanos monumentales en la región central produjo una fuerte centralidad simbólica vinculada a la narrativa oficial de la ciudad.
Sin embargo, otras territorialidades urbanas desarrollaron formas propias de producción espacial y construcción identitaria, frecuentemente desvinculadas de los mecanismos institucionales de reconocimiento patrimonial. Morros, suburbios, territorios portuarios y áreas periféricas constituyeron importantes espacialidades culturales de la ciudad, aunque frecuentemente sometidas a la invisibilización institucional.
La Pequeña África representa un ejemplo significativo de esta dinámica morfológica y simbólica. Más que un territorio delimitado geográficamente, la región constituye una espacialidad cultural producida por las experiencias negras urbanas, por las prácticas de resistencia y por las formas de sociabilidad afrobrasileñas. El patrimonio de la región no se limita a las estructuras arquitectónicas preservadas, sino que involucra prácticas culturales, recorridos urbanos, territorialidades afectivas y memorias colectivas.
Esta perspectiva permite comprender que el patrimonio urbano contemporáneo no puede restringirse a la preservación de objetos arquitectónicos aislados. La ciudad constituye un tejido relacional complejo en el que paisaje, memoria, usos sociales y prácticas espaciales se articulan continuamente. Hillier (1996), al discutir los mecanismos de configuración espacial urbana, demuestra que las estructuras morfológicas influyen directamente en los modos de circulación, apropiación e interacción social en la ciudad. El patrimonio participa de estos procesos al producir permanencias urbanas capaces de organizar percepciones, desplazamientos y formas de reconocimiento espacial.
No obstante, las dinámicas contemporáneas de urbanización frecuentemente entran en conflicto con esas permanencias. Procesos de verticalización, especulación inmobiliaria y reestructuración territorial alteran profundamente los tejidos urbanos históricos, produciendo rupturas en las relaciones entre memoria, paisaje y experiencia urbana.
El avance de las lógicas neoliberales de producción de la ciudad intensificó estas transformaciones. Conforme Harvey (2005), la urbanización contemporánea se ha convertido en un mecanismo central de absorción del capital excedente, sometiendo los espacios urbanos a las dinámicas de la valorización económica. El patrimonio pasa, entonces, a integrar estrategias de marketing territorial, turismo cultural y producción de valor inmobiliario.
En este escenario, determinadas áreas patrimonializadas se convierten simultáneamente en espacios de reconocimiento histórico y de disputa económica. La valorización simbólica del patrimonio frecuentemente produce valorización financiera del territorio urbano, desencadenando procesos de elitización espacial y desplazamiento poblacional. La región portuaria de Río de Janeiro evidencia claramente esta contradicción. La revitalización urbana de la zona portuaria articuló simultáneamente: reconocimiento patrimonial; valorización turística; reestructuración inmobiliaria; producción de nuevas centralidades urbanas.
Sin embargo, tales procesos también produjeron tensiones relacionadas con la permanencia de las poblaciones históricamente vinculadas al territorio. El patrimonio se transforma, así, en campo de disputa entre memoria, mercado y derecho a la ciudad.
Conforme Smith (2006), el patrimonio contemporáneo debe ser comprendido menos como un conjunto de objetos estáticos y más como una práctica cultural continuamente negociada. El significado patrimonial no reside solo en los bienes preservados, sino en las relaciones sociales y políticas producidas en torno a ellos. Esta perspectiva desplaza el patrimonio de una lógica exclusivamente monumental hacia un enfoque relacional y territorial. Preservar implica comprender los vínculos entre arquitectura, paisaje, memoria y experiencia urbana.
Al mismo tiempo, se vuelve necesario reconocer que la propia ausencia patrimonial también produce efectos morfológicos y simbólicos. Vacíos urbanos, demoliciones y borramientos espaciales organizan las formas de percepción de la ciudad, produciendo rupturas en los mecanismos colectivos de reconocimiento urbano. El patrimonio se revela, por tanto, como elemento estructurante de la experiencia espacial contemporánea. Su preservación — o destrucción — interfiere directamente en las formas en que los sujetos perciben, habitan y significan la ciudad.
En este contexto, la construcción de políticas patrimoniales más democráticas exige enfoques capaces de integrar: morfología urbana; memoria colectiva; territorialidad; justicia espacial; participación social. El patrimonio deja de representar solo herencia histórica y pasa a constituir un instrumento estratégico para pensar críticamente los propios modelos contemporáneos de producción urbana.
6.1 Patrimonio, derecho a la ciudad y justicia espacial
Las disputas patrimoniales contemporáneas se articulan directamente con las discusiones sobre derecho a la ciudad y justicia espacial. El reconocimiento — o no reconocimiento — de determinadas territorialidades urbanas interfiere directamente en las posibilidades de pertenencia, representación y participación de los sujetos en la vida urbana.
Conforme Lefebvre (2001), el derecho a la ciudad no se limita al acceso físico a los espacios urbanos, sino que involucra la posibilidad de participación activa en la producción y transformación de la ciudad. El patrimonio integra este debate al organizar formas de reconocimiento simbólico y legitimidad espacial.
En ese sentido, las políticas patrimoniales pueden operar tanto como mecanismos de democratización de la memoria urbana como instrumentos de refuerzo de las desigualdades existentes. La definición de aquello que merece ser preservado influye directamente en los regímenes de visibilidad de la ciudad. Territorios históricamente marginados frecuentemente enfrentan un doble proceso de exclusión: exclusión material de las políticas urbanas; exclusión simbólica de las narrativas patrimoniales oficiales.
La ausencia de reconocimiento patrimonial interfiere directamente en las formas de pertenencia colectiva y en las posibilidades de representación social de esos grupos urbanos. La discusión sobre justicia espacial se vuelve, por tanto, central para la comprensión de las políticas patrimoniales contemporáneas. Conforme Soja (2010), las desigualdades espaciales no constituyen solo reflejos de las desigualdades sociales, sino elementos activos de su reproducción. El patrimonio urbano participa de estas dinámicas al contribuir a valorizar determinados territorios mientras que otros permanecen sometidos a la negligencia institucional.
En el caso de Río de Janeiro, la distribución desigual de las inversiones urbanas y patrimoniales evidencia estas asimetrías espaciales. Mientras que determinadas áreas centrales reciben una intensa valorización cultural y turística, muchos territorios periféricos permanecen desprovistos de políticas estructurales de preservación y reconocimiento.
Sin embargo, movimientos sociales, colectivos culturales y organizaciones comunitarias han pasado recientemente a reivindicar nuevas formas de reconocimiento patrimonial. La emergencia de políticas orientadas a la memoria negra, a los patrimonios periféricos y a las territorialidades populares evidencia importantes desplazamientos en el campo patrimonial brasileño. Estas reivindicaciones revelan que el patrimonio no constituye solo cuestión técnica o institucional, sino arena política de disputa por la memoria, representación y derecho a la ciudad.
De esta forma, pensar críticamente el patrimonio contemporáneo implica reconocer que la preservación cultural se encuentra inseparablemente articulada a las luchas urbanas por justicia espacial, reconocimiento social y democratización de las formas de producción de la ciudad.
7 Conclusión
El análisis desarrollado a lo largo de este artículo permite comprender que el patrimonio cultural ya no puede ser reducido a la condición de simple conjunto de bienes heredados destinados a la conservación material del pasado. El patrimonio se revela como proceso profundamente atravesado por disputas políticas, relaciones de poder, mecanismos de legitimación simbólica y conflictos urbanos que estructuran las formas contemporáneas de producción de la memoria colectiva.
En el contexto de la ciudad de Río de Janeiro, tales disputas se vuelven particularmente evidentes. La formación histórica de la ciudad, marcada por la esclavitud atlántica, por las desigualdades socioespaciales y por los sucesivos procesos de modernización urbana, produjo un patrimonio profundamente selectivo. Determinadas arquitecturas, territorialidades y narrativas urbanas fueron monumentalizadas e incorporadas a las políticas oficiales de preservación, mientras que otras experiencias históricas permanecieron sometidas a procesos continuos de invisibilización.
El análisis de la Plaza 15 de Noviembre, de la Pequeña África y del Cais do Valongo evidencia que el patrimonio urbano carioca no constituye una representación neutra de la memoria colectiva, sino resultado de operaciones históricas de selección y legitimación. El reconocimiento tardío de territorios negros fundamentales para la constitución cultural de la ciudad revela los límites epistemológicos y políticos de las prácticas patrimoniales tradicionales.
La perspectiva decolonial se mostró fundamental para comprender estas dinámicas. La colonialidad del poder, conforme discutida por Quijano (2005), permanece estructurando las formas contemporáneas de producción del conocimiento, de la memoria y de las jerarquías urbanas. El patrimonio cultural participa directamente de estos procesos al organizar regímenes de visibilidad y reconocimiento espacial.
En ese sentido, la preservación patrimonial no puede ser comprendida solo como práctica técnica de conservación arquitectónica. Preservar implica seleccionar narrativas, organizar memorias y producir pertenencias urbanas. El patrimonio actúa simultáneamente como instrumento de reconocimiento cultural y como mecanismo potencial de exclusión simbólica.
La articulación entre patrimonio, racismo estructural y producción del espacio se reveló igualmente central para la comprensión de las dinámicas urbanas cariocas. Las políticas patrimoniales históricamente privilegiaron espacialidades asociadas a las elites políticas y económicas, mientras que territorios negros, periféricos y populares permanecieron frecuentemente marginados.
Sin embargo, el artículo demostró también que el patrimonio constituye un campo dinámico de disputa y resignificación. Las transformaciones recientes en las políticas culturales y en las reivindicaciones urbanas contemporáneas evidencian el surgimiento de nuevas disputas por la memoria, reconocimiento y derecho a la ciudad.
La ampliación de las discusiones sobre patrimonio inmaterial, territorialidades negras, memoria de la esclavitud y justicia espacial indica importantes desplazamientos epistemológicos en el campo patrimonial. Nuevos sujetos urbanos han pasado a reivindicar visibilidad histórica y reconocimiento institucional, tensionando las estructuras tradicionales de preservación.
No obstante, los desafíos contemporáneos permanecen significativos. La intensificación de las dinámicas de valorización inmobiliaria, gentrificación urbana y mercantilización cultural produce nuevas formas de instrumentalización del patrimonio. La patrimonialización puede operar simultáneamente como mecanismo de reconocimiento histórico y como estrategia económica de producción de valor urbano.
De esta forma, se vuelve fundamental construir enfoques patrimoniales capaces de articular preservación, transformación urbana y justicia social. El patrimonio necesita ser comprendido como práctica social viva, integrada a las experiencias cotidianas de los sujetos y a las dinámicas contemporáneas de la ciudad.
Más que conservar objetos aislados, preservar implica reconocer la pluralidad de memorias, territorialidades y experiencias urbanas que constituyen la ciudad contemporánea. El verdadero desafío patrimonial del tiempo presente no reside en congelar el pasado, sino en construir formas más democráticas, inclusivas y críticas de relación entre memoria, ciudad y sociedad.
Así, el patrimonio cultural se revela no solo como herencia histórica, sino como instrumento activo de producción del espacio urbano contemporáneo. Pensar críticamente el patrimonio significa, por tanto, disputar los propios sentidos de la ciudad, de la memoria colectiva y de los futuros urbanos posibles.
Referencias
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Sobre el Autor
Diego Ramos es Arquitecto y Urbanista y Escenógrafo. Profesor del Centro Universitario UNILASALLE-RJ (Cursos reconocidos con nota MÁXIMA, cinco, del MEC, Arquitectura y Urbanismo y Publicidad y Propaganda). Doctor en Arquitectura y Urbanismo del PPGAU (Programa de Postgrado en Arquitectura y Urbanismo) - EAU/UFF con beca CNPq, teniendo sus estudios enfocados en la ciudad como escenario vivo de manifestaciones socioculturales, a partir de su patrimonio material e inmaterial, símbolos y poderes y memorias evocadas. Magíster en Urbanismo por el PROURB (Programa de Postgrado en Urbanismo) - FAU/UFRJ con beca "Alumno Nota Diez" de la FAPERJ. Graduado en Arquitectura y Urbanismo por la Universidad Federal de Río de Janeiro y habiendo cursado dos semestres de intercambio académico en la Universidad de Chile, en Santiago. Adquiriendo conocimientos de especialista en Sismos (Terremotos), premiado en el Concurso CHC 2010 de la Bienal Internacional de Arquitectura en Santiago de Chile con el proyecto: "ESPACIO T" (Planeamiento Urbano de la Ciudad en casos de Catástrofes). Habiendo sido Arquitecto - Gestor de Proyectos de TV Globo/Metroll. Microempresario, Director y actor teatral formado por el SATED-RJ; actúa también como escenógrafo, figurinista, productor y profesor de Teatro de la CIA JUKAH DE TEATRO y de la Academia DEVANT Espaço de Dança. Escenógrafo de diversos espectáculos teatrales y eventos privados. Fundador y Microempresario de la Cia JUKAH de Teatro, premiada por su relevancia en el escenario cultural de la Ciudad de Niterói por la Cámara Municipal de la Ciudad con el Diploma Nicette Bruno.
Contribuciones del Autor
Conceptualización; metodología; software; validación; análisis formal; investigación; recursos; curaduría de datos; redacción—preparación del borrador original; redacción—revisión y edición; visualización; supervisión; administración del proyecto; obtención de financiación, [D.M.S.R.].
Agradecimientos
Dedico este artículo a mi abuelo, que me enseñó a mirar la ciudad con afecto, ligereza y atención. En los muchos viajes de ida y vuelta en autobús, en las caminatas y conversaciones sencillas por las calles, aprendí que la ciudad está hecha de memorias, encuentros y permanencias. Con él, el espacio urbano se volvió vivo, la memoria ganó potencia y el amor encontró formas de permanecer en el tiempo.
Conflictos de Interés
El autor declara no haber conflictos de interés.
Sobre la Coleção Estudos Cariocas
La Coleção Estudos Cariocas (ISSN 1984-7203) es una publicación dedicada a estudios e investigaciones sobre el Municipio de Río de Janeiro, vinculada al Instituto Pereira Passos (IPP) de la Secretaría Municipal de la Casa Civil de la Alcaldía de Río de Janeiro.
Su objetivo es divulgar la producción técnico-científica sobre temas relacionados con la ciudad de Río de Janeiro, incluyendo sus conexiones metropolitanas y su inserción en contextos regionales, nacionales e internacionales. La publicación está abierta a todos los investigadores (sean empleados municipales o no), abarcando áreas diversas — siempre que aborden, parcial o totalmente, el enfoque espacial de la ciudad de Río de Janeiro.
Los artículos también deben alinearse con los objetivos del Instituto, a saber:
Se dará especial énfasis a la articulación de los artículos con la propuesta de desarrollo económico de la ciudad. De este modo, se espera que los artículos multidisciplinarios enviados a la revista respondan a las necesidades de desarrollo urbano de Río de Janeiro.
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